miércoles, 9 de noviembre de 2011

De la Verticalidad a la Horizontalidad; Marcos Santos.


Este trabajo de Marcos Santos Gómez, De la Verticalidad a la Horizontalidad (pdf), aboga por una educación entendida como labor emancipadora. Si ésta persigue la autonomía del educando, contra algunas realidades opresivas, habría de apuntar a un cierto tipo de persona y de sociedad. Para perfilar esta idea, se comparan dos formas de estar en el mundo y de relación entre las personas. La primera denominada “verticalidad”, implica la estratificación social junto con una dinámica psíquica que tiende a jerarquizar a las personas según escalas interiorizadas por el individuo a través de la educación reproductora. Se destaca su fuerte carácter alienante y opresor. A ella, se confronta una segunda perspectiva, denominada “horizontalidad”, porque supone un modelo de sociedad fraternal e igualitaria, pero que sobre todo implica un nuevo modo “respetuoso” de entender la relación con el otro. Sería la consecución de esta apertura hacia el prójimo, asumida por el individuo y las estructuras sociales, el objetivo de toda educación que pretenda ser emancipadora, ya que sólo desde dicha disposición receptiva se favorecería el surgimiento de individuos autónomos.



La verticalidad como manera de pensar y percibir la realidad es, desde luego, una ideología, en tanto que pensamiento legitimador de una sociedad caracterizada por la escisión y separación entre sus miembros. Implica la ordenación, a menudo inconsciente, que el sujeto hace de las demás personas, una ordenación vertical en la que se sitúa a él y a los demás en una escala de arribas y abajos. Por eso, el sujeto se torna competitivo, rivalizando con el otro y cosificándolo, en la medida en que lo considera sólo según su situación respecto a los grados o escalones de la jerarquía interiorizada. Según esto, la persona del otro tiende a tratarse como un objeto. El sujeto inscrito en la verticalidad filtra y elimina todo lo humano presente en el prójimo y se queda con el tipo o etiqueta que lo clasifica. La verticalidad implica, por tanto, un tipo de mirada superficial por la que los sujetos se acorazan en los clichés que los sitúan y legitiman en el status deseado. En este sentido, la vida  humana y las relaciones sociales se convierten en una búsqueda de avales que justifiquen la posición del sujeto en un escalón elevado, dentro de la escala asumida. Se desea dicha aprobación desde lo más profundo del individuo. Por eso, las relaciones humanas se convierten en un patológico juego de sumisión y dominio, en un proceso cuyo fundamento es el ejercicio del dominio y del poder.

Es decir, la persona vertical ha colocado su voluntad en manos de los otros, erigidos en jueces de la propia valía.

Así pues, esta persona que asume las escalas sociales en lo más profundo de su carácter y se identifica con ellas está alienada. Es decir, se necesita una situación de igualdad y confianza que no coarte la libre expresión de cada existencia, en la que nadie tema ser él mismo u obligue al otro a mostrarse de manera falsa. Se precisa un tipo de relación horizontal para que los hombres, al comunicarse, se expresen y crezcan.

La horizontalidad aparecería en este contexto como la disposición a escuchar al otro, aceptando la transformación que nos provoca. Por eso, al desaparecer las concepciones inmovilistas de la cultura y aceptar su continuo progreso, sin miedo al extranjero que cuestiona nuestro mundo, se facilita que éste se exprese y aporte. La  horizontalidad permite la participación común en una cultura que, hecha por todos, no se detiene en ninguna forma predeterminada. Se asume que la cultura está siendo, en permanente proceso de reconstrucción.

Además, el grupo fraternal actúa como colchón de los malestares y continuamente revitaliza a sus miembros. Ya no es el amenazador conjunto de los otros hombres que se percibe desde la verticalidad. Al contrario, lo importante para la persona libre de la coacción vertical es la creación colectiva, el proceso de construcción mutua y transformación. Y Freire, que sabe esto, contra toda apariencia, es muy realista. No nos habla de castillos en el aire cuando nos describe el dinamismo de la realidad y el carácter inacabado e histórico del hombre, proyectando desde ahí su pedagogía de la liberación. Se trata precisamente de un encuentro con la realidad, lejos de las figuraciones que nos han engañado demasiado tiempo, además de haber causado un enorme sufrimiento. Y es justo por ese sufrimiento, que habríamos de tomar en serio, de una vez, el encuentro con nuestra responsabilidad para recrear juntos la cultura, en un permanente proceso. En la horizontalidad liberadora la persona ya no combate con la realidad ni trata de forzarla como si fuera algo ajeno y extraño, sino que la asume y forma parte de ella, realizándose como ser humano y dando rienda suelta a su amor olvidado.

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